Titiriteros de barrio
En el barrio de La Arena, frente al bar Casa El Rey había un espacio libre al que se llamaba la bolera. Parece que allí había existido tal instalación en épocas anteriores, no la llegué a conocer.
En algunas ocasiones, se celebraban allí sesiones de circo. Un grupo de volatineros instalaba unos postes verticales con un travesaño del que pendía un trapecio.
Los espectadores acudíamos con los asientos desde casa. Los chiquillos nos sentábamos en el suelo. Una vez asentada una nutrida concurrencia comenzaba el espectáculo, en el que se incluían payasos, malabaristas, prestidigitadores y otros números circences. El espectáculo supremo era la trapecista.
Una mujer que realizaba numerosas acrobacias en aquel palito que colgaba de dos cuerdas. Se colgaba de la barra sujetándose únicamente por la nuca, por los talones, sobre una pata de una silla con una sola mano y en posición vertical invertida. Algunas veces, se dejaba deslizar para quedar sujeta en el último instante provocando un alarido entre el público expectante. Finalizaba el ejercicio, colgada de una correa que sujetaba entre los dientes, girando como un torbellino. Creo que yo retenía la respiración hasta no poder más. Me tenía asombrado. Terminaba con las manos enrojecidas de tanto aplaudir.
En un intermedio se realizaba alguna rifa y al final pasaban la bandeja solicitando el amable estipendio del público asistente.
Las sesiones terminaron el día en que, según me contaron, les habían substraído el material con el que trabajaban.
El primer espectáculo de circo de verdad al que asistí, fue al Circo Atlas de los Hermanos Tonetti.