El taller del abuelo

El prestigioso pintor gijonés Nicanor Piñole, pintó un cuadro costumbrista llamado "Les tiendes del aire". Representan uno tenderetes que se instalaban al lado de la capilla de San Lorenzo, en el inicio de la calle de Cabrales, "al aire" de la playa. Más tarde este tipo de tiendas pasó a locales fijos y en ellos, aparte de otro tipo de mercancía, se vendían y venden artículos de playa: flotadores, cubos, palas... Ahora, la mayoría de estos artículos son de plástico, antes eran de madera.

En dicho cuadro, en el que se ven caballos, muñecas, etc, a la derecha se ven colocadas unas cuantas palas, rastrillos y carretillas. Estas carretillas, habían sido "fabricadas" por mi abuelo.

Mi abuelo era ebanista. Ya había dejado de construir muebles, excepto alguno para la familia. Comedores, costureros, armarios, aparadores, percheros... algunas de cuyas muestras se conservan en la familia y que son verdaderas obras de arte. Tenía un pequeño taller en un patio interior en la calle de San Agustín, cerca del domicilio familiar. Allí lo recuerdo, con un cigarrillo de "Caldo de Gallina" (Ideales, paquete azul, cigarrillos al cuadrado (?)) en la comisura de los labios y silbando suavemente. Al expeler el aire por entre los labios, sin dejar el cigarrillo, éste se consumía lentamente por un solo lado y por el otro quedaba el papel algo chamuscado pero casi entero.

Así se pasaba las horas, cortando, cepillando, lijando, hasta que comprobando en su reloj de bolsillo que era la hora de la comida o de la merienda, se quitaba los restos del cigarro de la boca, se sacudía con la boina el serrín que tenía pegado en la ropa y marchaba para casa. Yo le contemplaba en silencio, cómo preparaba un barniz, o disolvía la cola en un pote que calentaba en un hornillo, o afilaba una herramienta. Hacía su trabajo, con un cuidado en el detalle, con un mimo, que parecía que hablara con el material que tenía entre las manos.

                Mi primo Pepe y yo, inseparables salvo fuerza mayor, le pedíamos que nos dejara ayudarle. Ay, nos encomendaba la labor más ingrata: enderezar puntas. Nos daba una maza, que sirviera de base, un martillo como herramienta y una caja llena de puntas de todos los tamaños y calibres que jamás la he visto vacía. Al cabo de pocos minutos, con los dedos magullados, salíamos en busca de aventuras más gloriosas.