Riera

Riera, el taller, debía de ser Dios, puesto que nos proporcionaba el pan nuestro de cada día.

Los Astilleros de G. (Gervasio) Riera, ocupaban una extensa zona en la carretera de El Musel. Al lado, estaba la fábrica de oxígeno, enfrente, la fábrica de sombreros. También la meltalgráfica.

Tenía dos gradas, con la particularidad que los carros de una no servían para la otra. Las gradas son unas rampas en las que se colocan los barcos, bien para repararlos, o bien donde se van construyendo. Las gradas se prolongan por debajo del nivel de la marea y tienen unos raíles por los que corren los carros. Los carros se deslizan hasta el extremo inferior de la rampa y aprovechando la marea alta se centra y deposita el buque a reparar sobre los carros de los que se tira con unos cables movidos por maquinaria apropiada. Antiguamente se hacía a base de fuerza bruta y polipastos, artilugios ideados nada menos que por Arquímedes de Siracusa. En el caso de buques de nueva construcción se coloca la quilla sobre los carros y sobre ellos se va armando la nave.

El portón de entrada al astillero, hacía esquina y se entraba como por un túnel, puesto que sobre la entrada y a ambos lados había sendas construcciones. A la derecha estaban los tableros de fichar. Estos tableros consistían en dos grandes paneles, idénticos, que debían permanecer cerrados con llave, con multitud de pequeños ganchos bajo los que figuraba su número correlativo. Un cuarto de hora antes de la señalada para el inicio de la jornada, que era a las 8, el conserje descubría ambos paneles. En uno de ellos, de cada gancho colgaba una pequeña chapa con el número correspondiente. Al llegar al trabajo, cada obrero debía retirar la chapa con el número que tenía asignado y trasladarla al otro panel. Este era el acto de fichar la entrada. Cinco minutos después de la hora, el conserje, que junto con otros guardianes, vigilaba que cada empleado únicamente trasladara una ficha, cerraba el panel, con lo que quien llegara más tarde ya había perdido media jornada. Posteriormente el listero tomaba nota de las ausencias. La operación inversa se hacía para fichar la salida. Estas operaciones de fichaje, eran similares en todas las empresas del sector industrial con gran número de operarios.

En todo tipo de barco, lo importante es estar navegando, por tanto, se debe reducir todo lo posible el tiempo de permanencia en puerto o en reparaciones. Riera tenía gran fama de efectuar las reparaciones rápidas, previo aviso. Así ocurría que, en ocasiones, mi padre lo tenía que hacer con cierta frecuencia, había personal que tenía que trabajar incluso los domingos por la mañana. Tan especialista era el astillero que lograban cambiar la chimenea de un barco de vapor, sin apagar calderas, durante el tiempo que duraban las operaciones portuarias.

En cierta ocasión, un prestigioso armador extranjero,  que visitó la factoría, se quedó sorprendido por las sencillas instalaciones y comentó con asombro "¿Pero éstos son los famosos Astilleros Riera?"

Gervasio Riera no debía ser mal patrono para lo que se estilaba. Recuerdo que, cuando no era obligatorio, regalaba por Navidades prendas de trabajo a sus obreros. En Riera, hasta su absorción por otros astilleros, se permitió que, si se llegaba tarde, el obrero se podía incorporar al trabajo al comienzo de la hora siguiente, con lo que únicamente perdía una hora de salario en vez de media jornada.

Mi padre, al igual que otros obreros con familia numerosa, tenía concedido un trozo de terreno, que dedicábamos a huerta, con cuyos productos se podía ayudar a la maltrecha economía de una familia obrera. Durante algunos años, cosechamos, entre otras cosas, patatas. Mi madre, de familia campesina, era la experta. Para abono se utilizaba el ocle, puesto que la huerta estaba a la vera del mar era fácil recogerlo. Para mí aquello era un juego, hoy habrían acusado a mi familia de explotación infantil.

En un momento determinado, alegando necesidades de utilización del espacio por parte del astillero, se suprimieron las huertas. La verdadera causa fueron las protestas de parte del personal que consideraba un agravio comparativo este privilegio.