Pruden y otros mayores
Había personas con las que un niño como yo apenas tenía contacto, no más que el normal de vecindad. Sin embargo, había otras con las que teníamos una gran familiaridad y en cuyo domicilio pasábamos horas, por diversas causas, la más normal la relación con los niños de la familia.
Una relación especial era Pruden. Con esta señora éramos los vecinos más cercanos, puesto que vivía en el bajo derecha de nuestra casa. Moraba en la misma vivienda otra mujer, de nombre Albina, que tenía una hija, Azucena, muy enferma y que falleció. Yo era muy pequeño y apenas recuerdo que jugábamos al parchís con ella, que estaba en cama, y que me parecía guapa. Desconozco la relación que existía entre estas dos mujeres, viudas, aunque estimo que debían de ser cuñadas.
Pruden, quien no consentía que la llamaran Prudencia, ejercía como portera, limpiadora y cuidadora de la fábrica de camisas. Como en dicha fábrica, debía de mantenerse encendida una caldera de vapor para la actividad industrial, tenía la ventaja de poder disponer de todo el carbón necesario. Era una delicia estar en las frías tardes de invierno en aquella cocina. Estas mujeres realizaban, además, algún trabajo extra para la misma fábrica, como volver los cuellos de las camisas, actividad manual que facilitaba la tertulia y comadreo.
Milagros, tía de la Nena, que vivía en la casa que había en el patio detrás de casa de Sarita, era esposa de un marino, por lo que José Luis, su hijo, algún año mayor que yo, disponía de extrañas maravillas, como una pluma de escribir que tenía tinta para dos años (un bolígrafo) o una linterna tan potente que utilizábamos como proyector. Aprovechando el horno siempre caliente de casa Pruden, Milagros estaba preparando la masa para cocer un pan. Yo estaba mirando extasiado aquella harina tan blanca que Milagros había recibido de su marido y estaba bregando continuamente. Ante mi persistencia me preguntaron qué miraba con tanta curiosidad, a lo que respondí: "Estoy esperando a ver cuándo se pone negra la masa del pan". La carcajada fue mayúscula y, ante mi sorpresa, hubieron de explicarme que el pan negro que yo conocía estaba compuesto de otra clase de harinas que le conferían el color oscuro.
Otro "mayor" inolvidable era Ramón, el tendero. Su tienda de barrio, era como la tradicional "venta" de las zonas rurales. En ella se podía adquirir todo tipo de artículos de consumo. Incluso tenía una mesa, a la que se sentaban algunos hombres para tomar un vaso de vino. Vino que era distribuído en unos odres llamados pellejos. No sé qué pensarían las personas mayores de Ramón, pero, para mí tenía un excelente carácter. Quizá fuera porque yo hacía compañía a su hijo Moni durante su enfermedad, o quizá tratara igual a todos los niños, pero si yo le compraba una manzana escogía la más grande o me daba dos por el precio de una.