Mis dominios en El Musel
Plácido, huésped de mi abuela, era practicante en la Junta de Obras del Puerto de El Musel. El botiquín estaba instalado en un local de las casas de portuarios; casas que se levantaban en la zona de expansión del dique norte, entre los túneles de los trenes de Renfe y de Langreo. Como Plácido estaba delicado del estómago, mi abuela decidió que no era conveniente que llevara la comida del mediodía hecha desde el día anterior. Así que Carlitos que era muy responsable, durante las vacaciones de verano, habría de llevarle todos los días la comida reciente.
Así que, todos los días, sobre las once y cuarto, cogía la cesta con la comida. Tomaba el tranvía en el muelle, hasta el final de la línea de El Musel. Aún tenía que caminar al menos quinientos metros hasta el botiquín. Allí le entregaba la cesta y me marchaba a corretear por las instalaciones.
Uno de mis "amigos" era el encargado del cambio de agujas del cargadero del túnel de arriba. Este túnel era lo suficientemente ancho para permitir el paso de los trenes de Renfe y tenía, además, una acera para peatones; por él se pasaba al valle de Aboño. Este amigo me enseñó a hacer los cambios de agujas. Esta vía servía a un cargadero de carbón con dos sistemas: uno volcaba los vagones directamente a la bodega de los barcos, el otro descargaba en unas tolvas bajo las que se colocaban una especie de tranvías con unas plataformas en las que transportaban dos grandes calderetas.
El conductor de uno de estos tranvías, era "mi amigo" preferido. Me dejaba manejar el reóstato, él se encargaba de la manivela del freno manual. Así conducía yo la plataforma, la colocaba debajo de las tolvas, recogíamos el carbón, hacíamos el recorrido hasta el cargadero del final del dique, las grúas recogían las calderetas, las descargaban en la bodega del buque, las depositaban vacías otra vez en la plataforma, regresábamos a las tolvas (había doble vía) y vuelta a empezar. El único peligro era al final de "la línea" en el que había que cambiar de dirección, porque si te despistabas y no parabas podías caer al agua. Como estábamos en zona portuaria si había algún vehículo era su conductor quien debía de tener cuidado. De todas formas esta vía no cruzaba la carretera.
La carretera, pasaba por otra zona bajo las instalaciones del cargadero, pero sí cruzaba un "paso a nivel" un poco más allá. Los pasos a nivel en el puerto, no tienen barreras. Hay un semáforo en el centro del cruce, que, además de las luces, tiene una campana. El artilugio de ponía en marcha mediante un interruptor desde una caseta aledaña y el guarda se colocaba en la calzada con una bandera roja. La señal de que se acercaba un tren al cruce, la hacía el maquinista de la locomotora con tres pitidos cortos. Yo al oír los tres pitidos, observaba si se trataba de una máquina que viniera hacia mí. En caso afirmativo, encendía el semáforo y me colocaba muy serio con la bandera roja desplegada. En una ocasión, el maquinista hizo la señal demasiado pronto porque casi no podía arrancar y el conductor de un camión, respetuosamente, me pidió permiso para cruzar, a lo que accedí al comprobar que no había peligro. Mientras el guardabarreras, aunque me dejara al cargo, estaba charlando con otros obreros pero no me perdía de vista, por si acaso.
Por allí circulaban trenes, tanto del FF.CC. de Langreo como de Renfe. El maquinista de una locomotora de Renfe, me permitía abrir y cerrar vapor y circular hasta el parque de carbones. Me río yo del escándalo que se formó porque una directora general de la compañía estatal manejó un tren en una ocasión.
Otro de mis amigos preferidos era un viejo maquinista de un pequeño barco de cabotaje que hacía la ruta entre Gijón y Bilbao. Me mostró absolutamente todos los rincones de la nave. Únicamente me impidió subir al mástil.
En una ocasión salí de puerto en el puente de mando de un buque, no recuerdo si fue en el "Marqués de Comillas" o en el "Covadonga". Estas motonaves hacían la ruta Bilbao, Santander, Gijón, Vigo, La Guaira. Regresé a puerto en la lancha del práctico.
Aunque tenía "amigos" gruístas, jamás me permitieron encaramarme a una de ellas.
Regresaba a buscar la cesta de la comida. En ocasiones, muchas, si me había entretenido, encontraba a Plácido reposando en la mesa de operaciones. Corría hasta el tranvía y regreso "a Gijón".