Los Toros

Gijón celebra su semana grande en aquella que contiene el día 15 de Agosto, festividad de la Asunción de Nuestra Señora y que llamamos la fiesta de Begoña.

En esta semana, se celebra la feria taurina. También había corrida de toros, algunas veces, en la feria de San Antonio (13 de Junio) y alguna que otra novillada con más o menos fuste en otras ocasiones, pero la feria, feria, es la de Begoña.

Por la plaza de toros de El Bibio, pasaron todas la figuras del toreo de las distintas épocas, es plaza de segunda categoría, al igual que las de las capitales de provincia.

Los maestros solían alojarse en la Finca Monasterio mientras que las cuadrillas lo hacían en La Flor de Veranes.

La Finca Monasterio estaba en la carretera de la costa, sólo chalet por medio separada de la plaza de toros. Tenía acceso también, aunque no se usaba normalmente, por la calle de Ezcurdia, justo en  nuestros dominios, a través de un portón de madera con un postigo que tenía un llamador formado por una mano que sostenía una bola, en hierro fundido (si hubiera sido de metal no hubiera durado).

En una ocasión estaban unos hombres golpeando en esta entrada. Cuando nos acercamos a advertirles que era vano intento el pretender que les abrieran la puerta, cuál no sería nuestra sorpresa al reconocer entre ellos ¡al gran Manolete!. Al parecer había decidido acercarse a la casa dando un paseo. Le acompañamos entusiasmados hasta la parte delantera del chalet. No estaba de moda el pedir autógrafos a los famosos, lástima de ocasión perdida. Días después Manolete moría en Linares corneado por Islero.

Los mayores del barrio, sobre todo los de las casas de allá, hacían diversos trabajos en la plaza: barrenderos, areneros, porteros, almohadillas, etc. etc. En la parte trasera de la plaza, está la casa del conserje, al lado del desolladero y que dá al patio de cuadrillas. En la puerta de acceso a este patio, se situaba el encargado que leía los nombres de todo el personal. Unos tendrían que trabajar durante la corrida, otros lo habían hecho con anterioridad, pero todos tenían libre la entrada al festejo. Allí se congregaban otras personas y toda la chiquillería del barrio implorando misericordia y que nos pasaran. Otras veces, nos poníamos en la cola de entrada con la misma intención. Los pequeños lo conseguíamos en muchas ocasiones, sobre todo si el portero era conocido y el inspector estaba despistado.

                Si entrábamos por una puerta de público, no todo estaba conseguido, porque había que sortear todavía al portero de localidad; teníamos que ir a grada o andanada en donde era más fácil acomodarse. Si nos pasaban por el patio de cuadrillas (por el de caballos era imposible) nos colocábamos en el tabloncillo corrido con los pies colgando sobre la meseta de toriles. En el caso, bastante corriente, de que no consiguiéramos entrar, lo hacíamos al abrir las puertas al final de la corrida durante la lidia del último toro. La puerta 13 era la que primero abría, lo más tarde durante el tercio de varas, por lo que se presenciaba toda la faena de muleta. Ya no había en esos momentos problemas de acceder a las localidades, siempre preferí el balconcillo de grada. Después, en los años que fuí abonado, tendría este mismo tipo de localidad.