Los Capuchinos

La residencia-convento de la denominada Tercera Orden de San Francisco, vulgo "Los Capuchinos" tiene su iglesia, dedicada a San Antonio de Padua, en el barrio de Los Campos. Esta Orden que es eminentemente misionera, desarrollaba también la labor de enseñanza del Catecismo a los niños. Como nos quedaba más cerca de casa, nos "pasamos" a los Capuchinos. Allí me preparé para mi Primera Comunión y allí actué después de monaguillo.

La actividad del "catecismo" se desarrollaba en un amplio salón, en el que, en unos bancos corridos, se distribuían las "secciones". El mismo local, se utilizaba como salón de actos, salón de cine, etc.

Para asegurarse de que asistíamos a la Misa del domingo (la del catecismo era a las diez), en el momento de comenzar la lectura del Evangelio, las catequistas repartían rápidamente una estampita, que había de devolverse más tarde al dar la "doctrina". Si no la entregabas, te ponían falta; a no ser que prometieras ir o completar la misa, si es que habías llegado tarde.

El día de mi Primera Comunión, el primer domingo de Junio de 1947, estaba yo feliz, pero un poco apesadumbrado porque mi padre había tenido que ir a trabajar por haber una urgencia en el astillero. En los actos de la tarde, mi felicidad era total, porque él ya estaba también presente. El catecismo nos ofrecía a los niños y niñas que comulgábamos por primera vez, el desayuno consistente en una gran chocolatada con churros, bollos suizos y otros pasteles, en un aula de la escuela de Los Campos, concretamente en la de primer grado de niños. El gran problema era mantener inmaculados los resplandecientes trajes de un centenar de niños y niñas que tenían ante sí unas cosas tan deliciosas y que la mayoría no habían comido en su vida.

Después había que hacer la peregrinación por las casas de todos los familiares y conocidos y se recogían las propinas. Las niñas, en su traje, llevaban una bolsita que se llama limosnera. Los trajes de los niños tenían varios bolsos. Yo llevaba un traje color hueso, o crema, no era blanco del todo, con un ala de aviación, sobre el pecho, los botones dorados. Era el traje de mi primo José Luis, que también había hecho la Primera Comunión el mes anterior en San Lorenzo. Tengo que preguntarle algún día, cómo le pareció a él que yo utilizara su traje. Desde luego, me quedaba mejor a mí que a él mismo.

Algún tiempo más tarde, para aprender a ayudar a misa, fuí monaguillo en Los Capuchinos.

El padre Alberto, decía que ya tenían dos monaguillos y que no podían pagar a un tercero, así que me admitirían siempre que la prestación de servicios se hiciera a cambio de la formación. Cobraban los monaguillos nueve pesetas, el primer domingo de cada mes. Mi paga consistía en los recortes de las formas que recogía en abundancia y en buenos tragos de vino de misa.

Además de ayudar a Misa, oficiábamos, por la tarde, en el Rosario. Había un fraile que nos traía fritos porque decía que nosotros, los monaguillos, representábamos a todos los fieles presentes en la iglesia, por lo que habíamos de recitar los textos correspondientes de forma que nos escuchara la persona que estuviera en la puerta del atrio; así que cuando él oficiaba, contestábamos a grito pelado. No llegó a comprender tal fraile que ésta era la causa de que su misa fuera la menos concurrida.

Durante los actos vespertinos, los acólitos estábamos sentados en unos reclinatorios ante el altar mientras se recitaban los Misterios del Rosario, tiempo que empleábamos, ya que dábamos la espalda a los fieles y nadie se enteraba, para leer cuentos que nos pasábamos haciendo ademán de colocar bien la alfombra de la escalinata del altar.

Es tradición que, a ser posible, todos los asturianos peregrinen una vez en su vida a Covadonga. La autoridad eclesiástica, decidió que, para conmemorar la recuperación de la imagen de La Santina, que había desaparecido durante la contienda civil, fuera la propia Santina la que peregrinara por todos los concejos asturianos para dar ánimo y consuelo a sus fieles devotos. 

Cuando el cortejo llegó a Gijón, se originó una alarma social, porque había desaparecido la corona de la imagen del Niño. Se encontró entre las flores que adornaban profusamente la plataforma del camión en el que estaba instalado el trono de la Santina.

                En la Escuela, nos pusieron como ejercicio, hacer una redacción sobre este acontecimiento y nuestras impresiones. Redacción que yo hube de ampliar (cosas de Dn. Pedro, el maestro), con mis actividades de monaguillo, ya que lo había vivido más de cerca.