Los niños del barrio

En esta pequeña barriada casi nos habríamos atrevido a pedir la autonomía si hubieran sido otros tiempos. Nos sentíamos verdaderamente unidos entre nosotros, supongo que los mayores también, aparte las rencillas o pequeñas discrepancias entre los vecinos.

Por un lado nos separaban de las casas de allá (donde estaba la panadería de Amaro, una tienda, vivían Dani, Gabi, y varios otros como los hijos de un guardia de asalto apellidado Núñez) algunos solares, el chalet de Benavente, las montañas, unas huertas y la plaza de toros. (Los que vivían en esta zona, llamaban a la nuestra también las casas de allá).

A la parte de atrás se extendía la charca y el amplio espacio que pasando el tiempo sería uno de los parques más bellos de España, el Parque de Isabela, oficialmente Parque de Isabel, la Católica.

Hacia El Molinón, después de casa de Dña. Justa, todo eran casas con amplios jardines, cercados por altos muros protegidos en su parte superior por trozos de cristales de botellas para evitar escaladas.

Al frente, después de la plaza de toros, seguía el chalet del tenis, llamado así porque antiguamente existía en este solar un club de tenis. Seguía la quinta Monasterio, a continuación la casa de Tasa, el de la fábrica de camisas, y al final, hasta la travesía del Cid el chalet de Lope de Haro. Todas estas mansiones tenían la entrada principal por la carretera de la costa, llamada en esta parte avenida de la Liberación; sin embargo, disponían también de acceso por la calle de Ezcurdia. En el chalet de el tenis, tenían unos caseros y como utilizaban la puerta de Ezcurdia, sus hijos, Manolita y Juanjo, se incluían entre los niños del barrio.

Entre la chiquillería había tres clases. A saber: Los mayores, nosotros (la banda) y los pequeños.

Los mayores, que nos superaban únicamente en cuatro o cinco años, no se integraban mucho, porque nos consideraban pequeños, aunque en caso de apuro eran nuestros más perfectos valedores. Los pequeñajos, claro está, eran un estorbo para nuestras andanzas.

La banda estaba constituída por:

El Pilu. Tenía fama de travieso, era un artista con el gomeru, el tirachinas, donde ponía el ojo, ponía la piedra. No había bombilla que se le resistiera. El alumbrado público de la barriada se reducía a dos bombillas con pantalla, fijadas en sendos postes de madera, a considerable altura, al menos para nosotros. Los operarios que atendían el servicio, tenían la mala costumbre de tirar los casquillos en el suelo cuando renovaban el alumbrado, y los casquillos se vendían para metal, de ahí la poca duración de las lámparas. El padre del Pilu cuando era temporada, se dedicaba a la pesca de angula. Mis amigos se sorprenden cuando les cuento que la primera vez que yo recuerdo haberlas visto, fue contemplando al Pilu merendar un bocadillo de angulas. El Pilu, Paulino, después trabajó en el Banco de Gijón.

En el mismo portal, vivía un pequeñajo, al que llamábamos Juan Manuel Charrán, señal inequívoca de que no cesaba de hablar.

Moni, era hijo de Ramón, el de la tienda. De pequeño sufrió una operación por la que le hubieron de acortar una pierna. Su cojera le impedía realizar alguna de nuestras tropelías, pero para todo pertenecía a la pandilla. Durante su enfermedad, mi hermana Tere, lo enseñó a jugar al ajedrez, como a todos los del barrio. Pasamos largas horas haciéndole compañía. Moni, Ramón, estudió Derecho y estableció una gestoría. Tenía una hermana, bastante más joven, por lo que no estaba en la banda.

Felos, Félix. Tenía un hermano mayor y una hermana, ambos mayores que él, Julio y Ana. Su padre trabajaba en Avello[1]. Julio tuvo posteriormente también un buen puesto en esta fábrica. Por Reyes, les echaron año tras año, sendas bicicletas. Las únicas del barrio, eran nuestra admiración y hacían exhibiciones de dominio, pisar un papel sólo con la rueda de adelante, la trasera, etc. etc. Dicen que los niños pueden sentir envidia por lo que puedan tener otros. A mí ni se me ocurría pensar que por qué yo no tenía otras cosas. Yo sabía que los Reyes, dejaban a los niños cosas que necesitaran. Yo no necesitaba para nada un tren eléctrico, así que para qué me lo iban a dejar. Ya contaré que después jugué con el tren más grande que cualquier niño pudiera desear y a mí sí que me envidiaron todos por mi suerte. La abuela de Felos, vivía en el viejo molino (El Molinón) cuyas instalaciones abandonaron al amenazar ruina y se instaló en una casa acondicionada en una edificación en la que había anteriormente un taller de fragua. Aunque jugábamos alguna vez en el viejo molino, lo hacíamos a escondidas porque nos lo tenían prohibido por el peligro de desplome de los tejados.

En el piso de encima de casa Felos, vivían Dña. Leonor y Dn. Teodoro. Tenían un hijo de nuestra edad, que yo entendía que estaba paralítico porque siempre estaba en cama. Realmente era paralítico cerebral. La escalera de subida a la casa era muy pendiente y a mí me daba un poco de miedo, pero eran personas muy amables y me agradaba hacer compañía al pequeño. Dn. Teodoro era albañil y él trabajó en el acondicionamiento de la nueva casa de la abuela de Felos. Antepongo el don y el doña porque me infundían un gran respeto. A las demás personas mayores del barrio siempre las traté de usted, como niño bien educado, pero las llamaba por su nombre sin el tratamiento. Sólo a éstos y a Dña. Justa.

Estaban Camen y Peladilla. Dudo sobre el nombre de Peladilla, llamada así por la forma de su cara y pelo, entre Mari Cruz y Pilarín; me referiré a ella como Pilarín. Camen y Pilarín eran primas, vivían con sus padres, las dos familias en la misma casa, de planta baja. Reconozco que Camen no era de mi agrado, no sé por qué. Pilarín falleció. Como yo no me enteraba muy bien de lo que pasaba a mi alrededor, no supe cuál fue la causa de su muerte. Fuí a ver el cadáver que me mostró su prima con unas sonrisitas supongo que nerviosas. Quizá por esto me caía tan mal. El cuerpo estaba depositado en el suelo de una habitación, sobre una manta, pues no habían llegado aún los de la funeraria. Me pareció que Pilarín estaba simplemente dormida. Los traslados de los cadáveres se hacía en carrozas tiradas por caballos. La que llevó a Peladilla era blanca, como el féretro, y llevaba unas cintas blancas cuyos extremos portaban varias niñas, entre ellas mis tres hermanas.

A continuación vivía Sarita. Su madre Sara, la llamaba "nenita". Era una niña rubia, pelo largo, hermosa. Una de mis debilidades. Yo tenía mi corazón dividido entre dos amores, Sarita y La Nena. Como durante un tiempo vivieron unos tíos de Sarita como realquilados con derecho a cocina en nuestra casa, estaba allí en muchas ocasiones, por lo que nos tratábamos más. Pero mi interés por ella se difuminaba por su nula discreción. Si le hacía alguna proposición movido por mi curiosidad infantil, le faltaba tiempo para contárselo a su tía, con lo que mi color moreno no lograba esconder el rubor de mi cara. Cuando, ya mocitos, le dí un beso en la mejilla, lo pregonó a los cuatro vientos por toda la vecindad. No volví a insinuarme nunca más. Ya "señora" no conserva la esbeltez que tenía siendo niña.

La Nena. Vivía en el segundo piso, de mi misma casa. Tenía un primo Beto, que vivía con esta familia. Era frecuente que, por diversas circunstancias, algunos niños vivieran con unos tíos u otros parientes en vez de con sus padres. Beto, Alberto, regresó en su momento junto con su padre. De mayor era chapista en los talleres de Sutil, concesionarios de Seat en Gijón. La Nena, tuvo una infancia con repetidas tragedias familiares, a la muerte por cáncer de piel de su madre, siguió poco tiempo después un grave suceso protagonizado por su padre. Yo la quería en secreto. Al menos, creía que era un secreto. Sé que yo le gustaba. En una ocasión en que me separé del grupo en el que estábamos porque me llamaba mi madre, la oí exclamar "¡Dios, qué guapu ye!".- Camen, que estaba a su lado, la recriminó "Cállate, que te oye". Nunca me atreví a hacerle algún requiebro. En una ocasión, de chavales, me llamó a su casa porque se le habían fundido los plomos mientras planchaba la ropa. Estábamos completamente solos. Me pasé la tarde cambiando los fusibles y arreglando la plancha, sin atreverme a levantar la vista. Nunca supe si ella tenía otras intenciones. No creo haberla llamado nunca Paquita, sino Nena. Hoy sigue siendo una mujer hermosa.

Estaban también mis hermanas. Y yo, el negro. Siempre fuí muy moreno, de ahí el mote de el negro. Como en los ratos libres estábamos siempre al aire libre, el Sol y el viento me tostaban la piel. Había personas que comentaban entre sí, en voz queda, cuando nos cruzábamos por la calle, ¡qué moreno!.

Por lo general, los niños hacíamos nuestros juegos y las niñas los suyos, pero, con mucha frecuencia, actuábamos conjuntamente. Lo que funcionaba perfectamente era el concepto corporativista. Nos defendíamos mutuamente contra toda agresión externa. Aunque entre nosotros también surgía alguna desavenencia y pelea.

En cuanto a las peleas (engarradielles), cada uno tenía su propia técnica de lucha. La más original era la de mi hermana Tere. Ella, la tranquila, que con nadie se metía ni se metían con ella, saltaba como una leona en defensa de su hermano. Su método consistía en bracear mucho, empujando al adversario hasta que conseguía ponerlo de espaldas contra una pared, en ese momento, se abalanzaba contra su enemigo, le cogía la cabeza con ambas manos y se la golpeaba repetidamente contra la pared. Quien pasaba por esa experiencia jamás volvía a importunarnos.

Aunque manteníamos cierta rivalidad con los de las casas de allá, sobre todo al organizar las Hogueras de San Juan, posteriormente llegamos a hacer una especie de confederación y aunamos nuestros esfuerzos y teníamos como campo común las montañas.

                Había otros niños, unos mayores y otros más pequeños que nosotros quienes aunque integrantes del barrio no eran habituales en nuestras actividades, pero en ocasiones los mayores nos servían de apoyo para organizarlas y los pequeños eran nuestros mandados.


 

[1]Avello, fábrica de motocicletas situada en la barriada de El Natahoyo. Producía, entonces, la marca MV/Augusta.