Las colas del carbón y de la leche
En aquellos tiempos había que practicar una actividad cotidiana y generalizada, hacer cola. Cola para adquirir una entrada para cualquier espectáculo, cola para entrar al local del espectáculo, cola para comprar pan, cola para conseguir adquirir carbón, cola en los controles de la leche, cola para comprar toallas, colas para todo.
Una de las colas más angustiosas era la del carbón. Se formaban largas colas de personas de todas las edades. Se observaba, con pena y rabia, cómo se llenaban sacos y sacos con el preciado combustible que partían hacia destinos ignotos antes de anunciar que se despacharía un máximo de dos arrobas por persona.
Siempre había un guardia municipal, al menos, para preservar el orden social de la paciente clientela. El más temido, era el guardia de las medallas que no necesitaba de gran esfuerzo para sacar la porra para mantener el orden público. La porra, un accesorio de las Fuerzas del Orden, que aún hoy siguen portando algunos "cuerpos".
Otra de las colas cotidianas era la de la leche. El más cercano a nuestra casa era el control que había al final de la calle del Marqués de Casa Valdés. Allí llegaban de las aldeas cercanas a Gijón los campesinos con su cargamento, más o menos abundante, de leche. Allí la entregaban y a continuación se expedía al público hasta agotar existencias. Otra vez a esperar a que llegara otro aldeano que dejara bastante leche para que nos alcanzara el suministro.
En una ocasión, una mujer adquirió la última cantidad de leche que quedaba en ese momento y pronunció la frase que luego comprendí que es la más típica de los insolidarios: "Yo ya tengo, el que venga detrás que arree."
Todos los artículos estaban racionados. Hasta el tabaco. Mi padre, tenía la tarjeta de fumador y adquiría el tabaco en el estanco que había frente a la estación del Norte.
Había dos clases de cartilla de racionamiento. La cartilla blanca que no era más que una octavilla de este color, pero que era la más importante puesto que era el documento que acreditaba la titularidad del derecho al suministro. Estaba después la cartilla de los cupones, una especie de libreta con diversas hojas que contenían varios cupones que el tendero cortaba según se estipulase al suministrar los víveres.
Cuando se comentaba que pondrían el pan en venta libre (primer artículo que se liberó) yo preguntaba que si eso quería decir que podríamos comer todo el pan que quisiéramos, a lo que se me contestó que a condición de que hubiera dinero para pagarlo.