Las campañas sanitarias

En la década de los cuarenta, además con una España semiderruída, las condiciones sanitarias no eran precisamente un dechado de virtudes. Había multitud de edificios destruídos o en ruinas. Solares que se convertían en campo de juegos de los niños. Cuanto más dificultades tenía un lugar, mayor atractivo tenía para que fuese terreno para nuestras aventuras.

En esta situación, se prodigaban las campañas sanitarias. Salíamos  de la escuela en filas, conducidos por nuestros maestros, hacia los lugares fijados: El Dispensario, en la calle Sanz Crespo, La Gota de Leche, en el Humedal, o el Hogar Materno Infantil, allí mismo. Según el tipo de campaña, nos revisaban la boca, nos entregaban un cepillo de dientes y nos decían cómo emplearlo; se utilizaba el Perborato Dental Castillo. O bien, nos observaban los ojos, nos mostraban unas madejas de hilo de colores para saber si distinguíamos los colores (algunos "acusados" de daltonismo era que, a pesar de distinguirlos, no los conocían por su nombre) y nos diagnosticaban si necesitábamos gafas. Pero la gran preocupación era la tuberculosis. Nos hacían innumerables exploraciones radiológicas, análisis de sangre y pruebas neumáticas. Estas eran divertidas, nos hacían soplar por una boquilla para medir la capacidad pulmonar; prueba que siempre me hacían repetir porque, aunque tengo el tórax muy delgado, seguramente tengo unos pulmones muy largos y siempre sorprendía mi capacidad. Lo que odiaba, eran los análisis de sangre. Lloraba y pataleaba sin  rubor hasta que conseguía que me dejaran por imposible. No me avergüenzo de tener verdadero pánico a los pinchazos intravenosos.

En un verano, estuve en la Farmacia Castañón, cuya titular Dña. Carmen, era amiga de la familia, para hacer recados. Me encantaba trajinar en la rebotica. Entonces aún se hacían jarabes y pomadas con recetas magistrales. Yo tenía, y sigo teniendo aunque más atenuado, un tic que me hace cerrar los párpados. Un amigo dice que "pongo el intermitente". El prestigioso Doctor Salas, que tenía la consulta y sanatorio de su titularidad frente a las cocheras de los tranvías, me recetó unas inyecciones, de cuyo nombre no quiero acordarme[1]. La dependienta de la farmacia era una experta poniendo inyecciones y se brindó a actuar de "practicante". Yo mismo herví la jeringuilla y la aguja. Se dispuso a la operación y cuando rompió el extremo de la ampolla salí corriendo y no volví la vista atrás hasta llegar a la esquina del almacén de la Droguería Cantábrica. La farmacia Castañón estaba frente al parque de Bomberos; la Droguería Cantábrica en la carretera de la Costa; al menos, doscientos metros sin parar. Nunca más volví a la farmacia.


 

[1]Evidentemente, esta apostilla no es original.