Las montañas, la huerta y la bomba

Detrás de la plaza de toros, había un gran solar al que llegaban camiones para depositar allí cargas de escombros de obras. Estos materiales quedaban amontonados según caían de los volquetes de los camiones. Con el tiempo se fueron compactando y dieron lugar a que a este solar lo llamáramos las montañas. Era el lugar preferido para los juegos por toda la chiquillería del barrio. Aunque les quedaba algo más alejado, también era utilizado, con nuestro permiso, claro está, por los niños de las casas de allá. Allí se organizaban las Hogueras de San Juan y también, nuestras actividades culturales.

No se piense que los niños de barrio de entonces, aunque asistiéramos a la Escuela Nacional, éramos unos maleducados o no teníamos cultura.

En este solar había un rectángulo de cemento que formaba la base de una proyectada caseta de herramientas que nunca se construyó, al menos hasta el cierre periférico del terreno. Como estaba al lado del muro de separación con el chalet colindante, la utilizábamos como  escena de nuestro teatro popular. Allí representábamos pequeñas obras, el Pilu, además cantaba;  yo, quién lo diría, contaba chistes o historietas.

Separada de las montañas por un espacio por el que se podía llegar a la charca y a la zona de el Peonesu, había una extensa huerta, lindando con la calle por un matorral y un terraplén. En ella había una pequeña caseta de herramientas y un pozo con un brocal rectangular. El sistema de extracción de agua del pozo era el mismo de otras huertas del barrio de La Arena. Una noria romana. Consiste en un largo madero que hace de balancín; de un extremo pende el caldero al final de una cuerda, para sacar el agua; en el otro están sujetas unas grandes piedras que hacen de contrapeso. El sistema es válido para aguas superficiales, puesto que el recorrido del caldero está limitado por el largo del madero. Sin embargo, se maneja sin esfuerzo. He visto que este sistema se sigue utilizando también en la provincia de Avila, al menos en la zona entre El Barco de Avila y la provincia de Cáceres.

                Puesto que esta huerta tenía franco el acceso, era frecuente que  efectuáramos nuestras correrías por ella. En una de ellas, y escarbando junto al matorral, encontramos, oh maravilla, una gran pieza de metal. Debía de tener un peso de varios kilos y nos veíamos ricos. Nos pagaría el chatarrero, al menos, cinco duros. Pero aquél objeto hacía un extraño sonido al agitarlo. Debíamos de averiguar qué nueva sorpresa escondía en su interior. En esa tarea estábamos cuando un vecino, que regresaba del trabajo, se acercó a observar nuestra actividad. ¡¡QUIETOS!! Su grito nos dejó paralizados. Nos conminó a retirarnos de aquel artefacto, dejó en el suelo la pequeña cesta de mimbre en que los obreros solían llevar el almuerzo, porque no tenían tiempo de volver a casa al mediodía, y tomando en sus manos el objeto tan delicadamente como si de un bebé se tratara, se encaminó hacia el pozo de la huerta, en el que lo arrojó ante nuestro asombro que veíamos volar un hermoso billete de veinticinco pesetas. El susto nos lo transmitió después, junto con la regañina por obrar de forma inconsciente, cuando nos informó que se trataba de un proyectil de mortero, sin estallar, procedente de la última contienda. Su intervención quizá evitó otro de los múltiples accidentes que sucedían en circunstancias similares.