La "otra casa"

Se trataba de la casa de mis abuelos paternos: Mariano y Ceferina. Mi padre tenía varias hermanas solteras: Angelita, Tina, Maruja, Pili y un hermano Ito. Los siete sobrinos de tantos tíos, llamábamos a nuestros abuelos papá y mamá. Eran papá y mamá, los de la otra casa.

La "otra casa" era una casa inmensa. Estaba situada en el segundo piso, del número 12 de la calle Jacobo Olañeta. (Cuando estuve en Pola de Gordón, escribí una carta en cuyo sobre puse como dirección la calle "Jacobo, o la Ñeta", o uno u otra). Sus balcones y miradores, daban a esta calle y a la calle de San Agustín, en la que estaban las ruinas del destruído convento de las Agustinas, en cuyo solar se edificó luego un mercado.

Esta casa era fabulosa para nosotros porque había la posibilidad de corretear por ella, casi sin molestar. Además en casa güelu siempre hay mayor tolerancia.

Además de numerosas habitaciones, tenía dos salas-comedor, un gran cuarto de baño, un servicio, una galería acristalada y una "cocina" inmensa. La vida familiar se hacía en la cocina, como era habitual. El suelo tenía baldosas como tablero de damas, blancas y negras. A lo largo de la pared del fondo, la cocina[1] de carbón sobre la que aparecía el termo, el calderín de agua caliente, y completando toda la pared una gran meseta azulejada a ambos lados de la cocina. A la izquierda el bañal o fregadero, cubría el primer tramo de la pared izquierda hasta una puerta por la que se accedía, además de por el pasillo, a la galería mencionada. A continuación una pequeña mesa, de la que hablaré más adelante. A la derecha, entrando, estaba la mesa. Una mesa grande, en la que comían ocho personas ampliamente instaladas. A ambos lados de la puerta de entrada, sendos armarios, inmensos armarios, según mi tamaño relativo. En el centro de esta estancia, quedaba aún bastante espacio libre.

Durante mi convalecencia (a los ocho años), permanecí en la otra casa, pues necesitaba "una sobrealimentación". Como había perdido completamente el apetito, me colocaban en la pequeña mesa mencionada. Comenzaba a comer antes que los demás, terminaban todos, Ito dormía la siesta, marchaba a trabajar (entraba a las tres) y yo seguía delante de la comida. Hasta que no terminara absolutamente todo lo que me habían puesto para comer, mi abuela no me permitía levantarme de la mesa. Cuántas horas habré pasado en dicho suplicio. Con la cantinela de la sobrealimentación, me hacían tomar un ponche[2] a las once de la mañana y otro a media tarde, después de la merienda, la única comida que hacía con gusto. La merienda, no los ponches. Amén de huevos fritos, tortillas francesas... De entonces viene mi aversión a los huevos. Desde que, hace más de 25 años, me instalé en Salamanca, conseguí imponer mi criterio, no he probado  ni uno.

La otra casa, era una casa de huéspedes. Huéspedes fijos, no de paso. En el verano, había una familia de Madrid, habitual todos los años, que pasaba la temporada entera en Gijón.

Algunos huéspedes estuvieron más tiempo que otros, según su trabajo, pero todos eran como de la familia.

Don Miguel, un litógrafo, al que le decíamos "don Miguel, dame un pastel" y él nos daba una galleta María de las que tenía siempre en la mesita de noche con un vaso de leche. Cuando murió, lo lloramos de tal forma que la gente que desfilaba en el entierro se sorprendía porque sabían que él no tenía hijos. Sus únicos familiares, unos sobrinos residían fuera.

Plácido, el practicante de la Junta de Obras del Puerto en El Musel. Hubo un verano en que yo le llevaba la comida del mediodía para que la tuviera reciente, porque estaba delicado del estómago. Ya contaré estas aventuras.

Tomás, un camarero del bar Argentino, en la misma calle.

Suárez, un maestro que vivió en la otra casa cuando estaba soltero.

Vega, dependiente de la tienda de repuestos y herramientas de un hermano suyo (Martín Vega).

Geo, patronímico familiar de Dn. Nicolás Georgacópulos, maestro, director del Grupo Escolar El Arenal. Valenciano, soltero cuando estaba hospedado en casa de mis abuelos. El día antes de regresar a su tierra para casarse, fue, como buen católico, a recibir el sacramento de la penitencia a la iglesia del Sagrado Corazón. Una de mis tías le dijo: "Confiésese bien, Geo, que se va a casar". A lo que contestó: "No me confieso ahora por la boda, sino por la cantidad de accidentes de tren que hay". Es que las desgracias, parece que son contagiosas y en aquellos días habían ocurrido varios percances ferroviarios.

Hubo un policía "secreta" que entretenía sus ocios construyendo aparatos de radio siguiendo las enseñanzas de Radio Maymó.

También estuvo un periodista, que fue subdirector del diario Voluntad.

Además de los huéspedes habituales, "la otra casa" era centro de reunión y amparo de todo el que a ella llegaba.

Mi abuelo, padre de numerosa prole, residente en el concejo de Aller, parroquia de Nembra, tomó la decisión de trasladarse con toda su familia a una ciudad que pudiera deparar un futuro mejor para sus hijos e hijas. Además de las hermanas de mi padre ya mencionadas y de Ito (Angel), estaba mi tía Pepa, que es además mi madrina, la única casada en tiempos de mi niñez, cuyo hijo mayor tiene mi misma edad. Otros tíos, a quienes no recuerdo por ser muy pequeño cuando murieron o que no llegué a conocer fueron Arsenio y Teresa. Total nueve vástagos de los que yo tenga referencia segura, quizá hubo más.

Cuando algún miembro de la numerosa familia "allerana", y no sólo de sangre, sino de vecindad, llegaba a Gijón, aparecían por "casa de Ceferina". La que para nosotros era "la otra casa", para el resto del mundo era "casa Ceferina". Allí tenían segura la merienda, aunque fuera sólo un tazón de café con leche y pan, la mujer que vendía el cupón de los ciegos en la calle Jovellanos (una mujer con unas piernas enormemente hinchadas);  el hombre que vendía la rifa Pro-Infancia, el que retiraba los escasos sobrantes de la comida para alimentar a unos cerdos, o el pobre que llamaba a la puerta pidiendo limosna. En una ocasión, mi hermana Fini sorprendió a mi abuelo diciéndole a su esposa: "Ferina, Ferina, ¿cómo vamos a tener nada, si tú todo lo das?" A lo que ella respondió: "Mariano, Dios nos ayudará". Esta confianza en Dios, esta profunda caridad era la fuerza que emanaba de aquella casa.

Algo que me sorprendía enormemente (por ejemplo):

Mi abuela: Carlitos, vete a casa de Vallina que te dé un cuarto de harina de trigo.

Yo temiendo hacer el ridículo y que me despacharan de mala forma porque creía que imposible tal petición, sin dinero, me dirigía a la tienda de la esquina:

"Que dice mi abuelita que me dé un cuarto de harina de trigo"

                ¡Lo pesaban y me lo daban sin hacer ninguna pregunta! No salía de mi asombro. ¿Cómo sabía este señor, o Carmen Riestra, o la mercería de la calle Menéndez Valdés, o el de la tienda de El Búfalo en la calle San Bernardo, quién era mi abuelita y, por qué se fiaban de lo que yo decía? Misterios inescrutables.


 

[1]Se llama cocina, tanto al aparato metálico compuesto de hogar, horno, registros de tiro, etc. usado para hacer lumbre y cocinar, como a la estancia de la casa en la que se instala.

[2]Ponche. Yema de huevo crudo, batido en vino blanco o jerez, con azúcar.