La mañana del domingo

Cuando no asistía al catecismo, mi padre solía llevarme con él a Misa. Asistíamos a la misa de once, en la iglesiona, la iglesia del Sagrado Corazón, la iglesia de los jesuítas. Era una Misa, sólo para hombres. Si había alguna mujer, llegaba un monaguillo y la hacía salir de la iglesia, o colocarse en los pasillos que, por detrás del altar, conducían a la residencia.

Después de Misa, íbamos de paseo por el muelle, el rastro, el muro, según la época. También pasábamos por la plaza del sur compraba algo de fruta antes de ir al rastro, que se instalaba en El Humedal.

Lo que yo prefería era la visita al muelle. Por la calle Rodríguez Sampedro, por la que pasaban las vías del tren del Norte y del de Langreo, mi padre me recordaba que siempre debía caminar por la acera si alguna vez pasaba por allí, porque era una zona peligrosa. Me explicaba cómo funcionaba cualquier máquina que por allí veía. En su caso, al regresar a casa, sacaba sus libros para mostrarme los diseños o la vista seccionada de una locomotora. Con pocos años, conocía yo perfectamente el funcionamiento de la máquina de vapor.

Otro paseo entretenido se hacía por el rastro. Objetos de todas clases estaban a la venta. No comprendía cómo alguien podía comprar algunas cosas que, seguro, no funcionaban. En el rastro había siempre un señor que tenía un pájaro, en una jaula, que si le daba un grano de alpiste escogía un sobre de la suerte. Había muchas personas que pagaban para que el pajarillo les adivinara el futuro. Pude observar que aquel hombre, hacía elegir a su antojo los sobres porque le daba al pajarillo su premio en una sección u otra del muestrario, quizá haciendo distinción entre hombre o mujer, o bien, buena o mala suerte según el estipendio recibido.

                A las dos de la tarde, se celebraba el sorteo de Pro-Infancia, la rifa benéfica, en el atrio del edificio de "La Gota de Leche". Había un muro coronado por una verja. El sorteo era público. Se celebraba todos los domingos del año. Había sorteos "ordinarios". El que correspondía al primer domingo de cada mes se denominaba "especial". Había también sorteos "extraordinarios" en ocasiones especiales, como las Navidades. En la primera ocasión que presencié el sorteo, estaba de pie, subido al muro y agarrado a la verja. Cantan el primer premio y mi padre, oh sorpresa, dice "¡Me ha tocado!". El premio, sorteo especial, quinientas pesetas al bono, de una peseta. Antes de regresar a casa, pasamos a dar la noticia por la otra casa. ¡Menuda noticia!. Quinientas pesetas era casi un mes de salario de un jornalero. Cuando llegamos a casa, recuerdo a mi madre sentada en la cocina. Entré corriendo a darle la buena nueva; aquel premio fue recibido con gran satisfacción, supongo que resultó de gran ayuda.