La Feria en el Continental

El Real de la Feria durante las fiestas de verano, se instaló en diversas localizaciones: En el paseo del Humedal, en los solares de la carretera de Oviedo, en el paseo Rufo Rendueles antes de su urbanización y en los Jardines de El Continental.

En este último lugar, había un pabellón cerrado, en el que se instaló en cierta ocasión una "Exposición de trenes en miniatura". Tal exposición consistía en una enorme maqueta por la que circulaban varios trenes eléctricos de la casa Payá Hermanos. Costaba la entrada una peseta. Era mi entretenimiento favorito. La maqueta estaba rodeada por una pequeña valla, que impedía que los asistentes alcanzaran a los juguetes. Un chico ayudaba a los responsables, encarrilando los trenes si éstos se salían de las vías.

Un día, el ayudante no había acudido. En el extremo más alejado de la "estación central", un convoy sufrió un percance, detalle que yo puse en conocimiento del "jefe de estación". "Ve a encarrilarlo", me dijo. Salté la valla y cumplí el encargo con toda ilusión. Regresé hacia el encargado, rodeando la maqueta y con ánimo de colaboración. "Si quieres, puedes quedarte para ayudarme". Aquella frase me sonó como el regalo más preciado. Podría disfrutar a mis anchas de aquel incomparable tren eléctrico.

El Continental, habría sus puertas a las siete de la tarde. Yo llegaba a las cinco; me dirigía a la conserjería; pedía la llave del pabellón y me dedicaba a limpiar, colocar y preparar los trenes para que a la hora de la apertura, la exposición estuviera reluciente. Ante el público, ponía en marcha, detenía, hacía maniobras, arreglaba los percances... Cada cierto tiempo, el encargado me indicaba que hiciera descansar a los pequeños motores. Entonces ponía a circular a la vez a todos los trenes, que se perseguían y entrecruzaban echando humo por sus pequeñas chimeneas, un verdadero espectáculo, y anunciaba solemnemente: "Paramos cinco minutos para que enfríen los motores". Vega, el huésped de la otra casa, acudía frecuentemente, decía que sólo para oírme decir esta frase.

A las diez menos cuarto, el encargado me avisaba de la hora para que regresara a casa. Cosa que hacía feliz de haber disfrutado toda la tarde. Un día, me llevé la sorpresa de que habían desmontado la exposición y habían regresado a Madrid. No se despidieron de mí.

                ¿Explotación infantil? Quizá los responsables se aprovecharon de mi entusiasmo y se despreocuparon de sus obligaciones, pero yo estaba satisfecho por poder disfrutar del mejor tren eléctrico de juguete que he conocido.