La escuela en la playa
El comienzo del curso siguiente se retrasó considerablemente. Dos razones hubo. La primera una seudo-epidemia de poliomielitis, parálisis infantil, que debió aconsejar a las autoridades posponer el inicio de la escolarización para evitar los contagios. Aún no existía, al menos en España, la vacunación masiva contra esta enfermedad.
La segunda causa, fue limitada a la sección de niños de nuestra escuela. Amenazaba ruina. Más que eso, se estaba cayendo a trozos. Ya avanzado el mes de Octubre, nos incorporamos y entre todos ayudamos al traslado. Era divertido viajar en la caja de los camiones entre pupitres, libros, mapas, etc. Nos instalaron en un antiguo edificio de bajo y dos pisos, tipo chalet, con un no muy amplio patio, en la antigua calle de El Molino, frente a las instalaciones del viejo Grupo Covadonga.
Mirando por las ventanas y balcones de la fachada principal podíamos contemplar las evoluciones de los Grupistas. Por la parte posterior se podían contemplar las casetas de vestuarios que se utilizaban en la temporada playera y, al fondo ¡la mar!. La escuela hacía esquina con la calle Menéndez y Pelayo. A la menor, si no estaban los maestros atentos, durante el recreo de las once, siempre había quien se escapaba a la playa.
En el segundo piso, estaban los grados cuarto a sexto. Adelante, estaba cuarto, que se resarcía de las estrecheces que había padecido en la calle Ramón y Cajal. En dicha aula, con grandes ventanas que dejaban pasar los ansiados rayos de sol en el invierno, nos reuníamos los tres grados mayores la tarde de los sábados para rezar el rosario y para la charla del cura de la parroquia. Como estábamos en la jurisdicción de San Lorenzo, de dicha parroquia acudía algún coadjutor.
Quinto y sexto grado, estaban a la parte de atrás. Quinto, en una galería acristalada, cuyas ventanas a duras penas conseguían evitar que se colaran los vientos del Cantábrico en el aula. En los días más crudos del invierno, don Angel ordenaba mantener las luces encendidas todo el tiempo. Era nuestro sistema de calefacción. Afortunadamente el Ayuntamiento no puso reparos al consumo de electricidad.
Sexto disponía del aula más pequeña. Ya a sexto grado, éramos pocos los niños que llegábamos. Era la preparación para el Instituto, la Enseñanza Secundaria, a la que gran número de niños de la posguerra no pudo acceder porque a los doce años, incluso más jóvenes, ya empezaban a trabajar como aprendices o aspirantes.
Para financiar material pedagógico y lúdico se organizó la rifa de una gran cesta de Navidad. La papeleta, a peseta. Un talonario, cien pesetas. Los encargados de su venta, los niños. El que más vendió fue el hijo de un maestro (el de primero) que envió un talonario entero a su pueblo de la provincia de León, más alguna otra papeleta que vendió entre su familia en Gijón. El segundo vendedor, yo. Es decir, mi padre. Aparte de lo que vendí a algunos compromisos, él se llevó el talonario al taller y el día de paga lo liquidó entre sus compañeros; si hubiera tenido otro talonario, también lo hubiera vendido. Terminada la campaña, se adjudicaron los premios entre los vendedores. En un aula de la escuela, se expusieron multitud de objetos que se repartirían por orden según número de papeletas vendidas. Escogí un caleidoscopio. Con mucho, según todas las opiniones, de mayores y pequeños, la mejor elección efectuada. Este artilugio, sirvió de entretenimiento durante años a toda la chiquillería de la barriada. También lo tenía que llevar a la escuela y, en los recreos, se hacía cola para mirar por el "calidoscopo", hasta tal punto, que los maestros consiguieron comprar, o que se compraran otros cuatro aparatos. Puedo asegurar que mi caleidoscopio fue el más manoseado de toda una generación. Además, gratis. Nunca tuve espíritu mercantilista.
Las autoridades, académicas o municipales lo desconozco, entregaban a las escuelas, por Navidad, vales para regalos que los maestros repartían entre los niños, en razón a situación familiar, aprovechamiento, enchufe, etc, etc. Había niños mucho más necesitados que yo. Al fin y al cabo, aunque fuera de familia numerosa (clase A), felizmente tenía un padre con un trabajo fijo. Estando en sexto grado, Dn. Nicolás Georgacópulos, a la sazón director del grupo escolar, impuso que se me diera un vale, por aplicado y por necesitado. Los obsequios había que recogerlos en "La Gota de Leche", así que se encargó mi padre y regresó... con un diccionario ilustrado de la Real Academia Española de la Lengua.
Ninguna gracia me hizo esta decisión. Sin embargo, muy poco tiempo después, ya tuve que reconocer que tenía ventaja sobre los demás en el manejo de diccionarios, directorios y para la traducción de latín.