Espectáculos de Cómic
Después de hacer los deberes de la escuela, normalmente jugábamos en la calle, en las montañas o en los amplios portales de las casas, si llovía. En las tardes de invierno, íbamos a alguna casa. En muchas ocasiones estas reuniones se hacían en la nuestra.
En casa, disponíamos de un encerado, que no era más que un trozo de hule negro con dos listones que, una vez desplegado, se colgaba en la pared y hacía las veces de pizarra mural. Servía para hacer las tareas escolares y como base para los cuentos ilustrados.
Mi hermana Tere, nos contaba innumerables historias, unas que ella conocía por haberlas leído o escuchado y otras inventadas por ella misma. Toda la acción era descrita con sus insuperables dotes de narradora al tiempo que dibujaba en el encerado las escenas que describía. Si hubiéramos tenido posibilidades de trasladar al papel todas aquellas historietas y dibujos, habríamos obtenido un soberbio libro de cuentos ilustrado.
Allí estábamos, sentados en el suelo, mis otras hermanas, yo y otros niños y niñas del barrio, durante horas, escuchando arrobados a nuestra particular cuenta-cuentos.
La sesión terminaba cuando llegaba la hora de cenar. Algunas veces los mensajeros mayores que venían a reclamar a los niños, se quedaban hasta que finalizara el cuento en curso.