Entre primos anda el juego

Mi primo Pepe Josechu y yo somos de la misma edad, sólo unos meses de diferencia. Tenemos otra generación de primos porque otras tías y mi tío Angel se casaron bastante más tarde. Estábamos todos muy bien avenidos. A Juan Carlos, algo menor, lo teníamos de correveidile. Desde su casa, hacia el final de la calle de Cabrales, hasta mi casa, en la calle de Ezcurdia, pasada la plaza de toros, había, y hay, una buena distancia que, en ocasiones Juan Carlos recorría varias veces con nuestros mensajes, puesto que no disponíamos de teléfono.

A mi se me dan bastante mal los deportes de fuerza, quizá por mi constitución más bien enclenque, si exceptuamos algo el baloncesto y el pingpong. A andar en bicicleta aprendí con, al menos, trece años, por lo que si no está el terreno recto y llano ya encuentro dificultades. Como soy un patoso jugando al fútbol, alguien me dijo en alguna ocasión "tú el único balón que viste era cuadrado". Pues sí, no con un balón, pero sí jugué con una pelota cuadrada. Se hacían unas pelotas con dos trozos en forma de lengua de gato de la goma de las cámaras de las ruedas de los camiones. Las soldaban después de pegar en lo que habría de ser parte interior un trozo de goma virgen, el teto, a través del cual se introducía la aguja para hinchar la pelota. Con aire suficiente, la pelota quedaba más o menos esférica, pero si perdía algo de presión quedaba cuadrada. En una ocasión estábamos jugando ante la casa de mis primos con una de esas pelotas. Yo hacía de portero bajo la ventana del entresuelo, que estaba bastante alta. Al chutar Pepe, la cuadrada pelota se elevó suficientemente para organizar un estropicio de cristales. Desaparecimos como por arte de magia. Al pedir explicaciones al inocente Juan Carlos, éste solo repetía "No sé nada; yo tiraba piedras, pero no llegaban".

Podíamos inventar las aventuras más fabulosas, contar las trolas más grandes, pero si nos hacían una pregunta directa, no podíamos ni sabíamos mentir, así que, cuando nos interrogaron, hubimos de confesar nuestra culpa.

Otra aventurilla era sustraer, de las petacas de nuestros respectivos padres, pequeñas cantidades de tabaco, amén de papeles de fumar y nos marchábamos a Cimadevilla, por detrás del Club de Regatas, bien lejos, en donde no hubiera peligro de que nos reconocieran, a practicar en el arte de liar cigarrillos.. y fumarlos, claro. Pero, si la mano de la Justicia llega lejos, los informadores de mi abuela estaban en todas partes. O teníamos un cartel invisible para nosotros en el que se reflejaba nuestra filiación, o llevábamos marcada la culpabilidad en la frente, pues no había travesura que no se descubriera antes de veinticuatro horas.

                Juan Carlos y Covadonga, tenían ganas de comer un helado y decidieron un día que, como no tenían dinero, se lo debíamos pedir a Tomás, el camarero. Yo, dije muy formal, que eso no estaba bien, porque Tomás no tenía obligación de darnos el dinero, que si lo hacían sería por cuenta de ellos y que no me involucraran. Naturalmente, los tres comimos sendos helados, pero yo.. no había tenido parte en la petición. Me sentó fatal el epíteto de alcahuete que me adjudicó toda la familia.