El Río Los Praos, Las Mestas y El Hípico

Durante mi infancia, en plena guerra mundial y posterior bloqueo diplomático, había que ahorrar energía y, por consiguiente, había restricciones al consumo eléctrico que se traducían en cortes de corriente programados y alguno que otro inesperado, aparte de los numerosos apagones en cuanto soplaba el viento algo más fuerte de lo normal.

En Gijón, ciudad industrial por excelencia, había una restricción añadida, la del agua. La industria pesada consume enormes cantidades del líquido elemento, que junto al aumento de población, agotaba las exiguas aportaciones de agua de Llantones y de la Fuentona de los Arrudos. Durante los veranos, las restricciones de agua llegaron a ser de doce horas.

El Río Piles, recoge las aguas de los diversos arroyos de  la cuenca oriental del concejo de Gijón. A su paso por Viesques recibe el nombre de Río Viñao y como atraviesa toda la zona de pradería de las Mestas lo llamábamos el Río Los Praos. Como no quedaba muy lejos de donde vivíamos, se formaban verdaderas romerías con diversas mujeres del barrio, acompañadas por la chiquillería, para ir a lavar la ropa al río. Allí, mientras las mujeres lavaban la ropa y se secaba en los prados, se podía disfrutar sin peligro. ¡Hombre! siempre se podía caer uno al río desde lo alto de la orilla, pero de eso allí no se podía morir nadie, y el agua no cubría ni por la rodilla. El único peligro era que si te metías en el agua en algunos sitios podías salir lleno de sanguijuelas, que ¡Dios! cómo pican.

Había también en la zona dos manantiales de agua muy fresca y sabrosa. Teóricamente el agua es incolora, inodora e insípida. Será el agua pura y destilada, porque aquella ¡qué bien sabía!. Llevábamos siempre algún recipiente para proveer de agua fresca para beber en casa.

Al otro lado del río, en su margen derecha, estaba el Campo de Las Mestas. Allí se celebraba, el primer domingo de Agosto, la fiesta de El Día de Asturias.

En la tarde, había diversas orquestinas y no faltaba la Banda de Música de Gijón. Varias atracciones y concursos, tenderetes y chigres. Nosotros, al igual que otras muchas familias, realizábamos la comida campestre, tras la cual, una vez recogidos los cubiertos y manteles, mi padre tenía la habilidad de esconder en alguna parte la cesta con todo ello para despreocuparse durante toda la tarde. Lo único malo de este día, era que, durante la comida, nos sentábamos en la hierba, recién segada, por lo que a mí, que usaba pantalón corto, me picaba bastante y no hacía más que protestar.

En el mismo lugar, se celebraba, se sigue haciendo en la actualidad, con instalaciones más modernas, el Concurso Hípico.

Lo más interesante de un Concurso Hípico son las apuestas. El de Gijón, que siempre ha contado con una gran afluencia de público, tiene en este capítulo una gran actividad.

La entrada al recinto no era de gran coste, pero se facilitaban abonos para todas las jornadas, a precio reducido, por vales que proporcionaban las casas comerciales. Los ingresos por las entradas, se decía que se aplicaban a mejorar las instalaciones. A pesar de ello, dinero que gastabas en la entrada, era dinero del que no disponías para apostar, por lo que nos colábamos atravesando el río y escondiéndonos de los guardias, quienes, a decir verdad, hacían la vista gorda.

                Las apuestas de general costaban una peseta (las de preferencia a duro), que apostábamos a medias con algún otro para poder apostar a más caballos. El favorito  y que nunca defraudaba era Goyoaga, lo malo era que, como todos apostaban por él, casi no se obtenía beneficio. El era casi el único jinete de paisano, los demás eran todos militares