El parque y la charca
El parque de Isabel la Católica, lo inició el Ayuntamiento de Gijón, con el fin de sanear la marisma del río Piles.
Al final de la playa de San Lorenzo, desemboca el río Piles. Un aprendiz de río que toma este nombre en la confluencia de los "ríos" Deva o Peñafrancia y Viñao. El Piles, en los últimos centenares de metros antes de llegar al puente bajo el que desemboca en la playa, presenta un cauce bastante más importante de lo que requiere su escaso caudal, puesto que la marea alta penetra hasta Las Mestas. (Mestas, significa lugar de confluencia de ríos, de mecer, mezclar). En época de lluvias torrenciales, no digo abundantes que éstas son habituales en Asturias, el aporte de aguas de la cuenca recogida por el Piles es de mucha importancia. Como la canalización, desde el campo de fútbol de El Molinón, estaba destruída, si ocurría una avenida y coincidía con la marea alta, las aguas inundaban una gran extensión, mayor por la margen izquierda, que llamábamos la charca.
La primera actuación para sanear esta zona, fue una plantación de eucaliptos, que constituyó el embrión del parque. Se fue rellenando la charca con escombros y, a medida que se ganaba terreno se habilitaban nuevos jardines. En donde posteriormente se instaló el monumento al Dr.Fleming y la zona de juegos infantiles, estaban instalados los viveros de árboles y plantas que se habían de utilizar. Un espacio especialmente idóneo, dado lo intrincado de vegetación, para instalar nuestras guaridas a salvo de miradas indiscretas.
En el verano, llevábamos la merienda (un trozo de pan con una onza de chocolate, del Kike, que para eso tenía la fábrica en La Arena), algún juego, para pasar la tarde en la arboleda. Al cruzar lo que después sería la avenida central del parque y que entonces estaba formada por escoria, perdí una torre negra del ajedrez, con tan mala suerte que cuando intentamos recogerla y conseguimos encontrarla acababa de pasar un carro de los basureros y la había destrozado.
La rosaleda, con sus bancos de granito, fue durante mucho tiempo el límite final del parque. En donde está el estanque había unos prados en los que, en ocasiones, tendían al sol la colada las mujeres del barrio. Allí pasábamos bastante tiempo cuidándola. Era una buena zona para poner garduñas, cepos para pájaros, arte en la que Felos y El Pilu eran artistas. Yo tuve durante algún tiempo un hermoso jilguero al que, tras su llorada muerte, sepulté en esta zona bajo un cristal y rodeado de numerosas flores silvestres. Creo que le puse cruz y lápida.
Tras la expansión del parque y la instauración del Parador del Molino Viejo, en uno de los árboles que allí crecen, mi padre grabó los nombres de sus dos primeros nietos, Santi y José, en una de sus numerosas visitas. Ellos decían que el parque era de su abuelito.
Lo que nadie habrá conocido, antes de leer estas líneas, es que allí cerca hay otro árbol en el que yo dejé constancia de mis amores juveniles por una chica.