El Fútbol
En Gijón hubo, desde antiguo, gran afición al fútbol, como demuestra el gran número de campos para practicar este deporte. De poniente a levante citaré, entre otros, el de Santa Cruz, en Jove; el de La Calzada; Los Fresno, en la calle homónima del barrio de El Llano; Jovellanos, entre las calles del Molino y Ezcurdia frente al asilo de las Hermanitas de los Pobres (este ya no lo conocí en uso); La Florida, un terreno de ceniza en la carretera de la costa, frente a las instalaciones de Gargallo; el de Viesques; el de Somió. Pero sobre todos ellos sobresale el de EL MOLINON.
Este campo, antes municipal, luego de las mutualidades laborales, ahora otra vez municipal, es el emblemático de Gijón y en el que el equipo representativo de la ciudad el Sporting hace sufrir y, en algunas ocasiones, deleita a sus seguidores.
El Molinón, que batió el récord de rapidez en la construcción de su tribuna cubierta, allá por los años veinte, para que pudiera jugar en su terreno la selección española, también batió el récord de demora en la sustitución de la mencionada tribuna por otra más moderna. El proyecto quedó inacabado, hasta su modificación para la celebración del campeonato mundial de fútbol de 1982.
Las primitivas instalaciones tenían unas gradas de madera, a todas luces escasas y peligrosas en la parte de general. El campo estaba situado a un nivel más bajo que la orilla del río Piles, ello motivaba que en esa zona hubiera numerosos espectadores que no pasaban por taquilla. Mi padre, al igual que otros vecinos de la zona, se instalaba en lo alto de una escalera de tijera, por lo que podemos decir que tenía localidad de altura. Mientras, yo correteaba por allí y me acercaba cuando el griterío parecía indicar una variación en el marcador.
Los días de lluvia, no podía ir al partido así que, desde casa, calculábamos el resultado por los rugidos del gentío, perfectamente audibles y cuando pasaba el público de regreso preguntábamos el resultado (no había aparatos de radio en aquellas casas), así nos adjudicábamos los cromos o vistas[1] ganados o perdidos en nuestras particulares quinielas.
Otro entretenimiento era contar los coches de gasógeno, gasolina o nada, que pasaban. Los de gasógeno se identificaban perfectamente por el generador trasero, este artilugio lo llevaban los autobuses. De gasolina llamábamos a los coches que portaban el depósito visible en la parte trasera, que bien podía ser el maletero en vez de el depósito de gasolina, y los de nada, pues el resto. Como la calle de Ezcurdia no se urbanizó hasta el año 47-48 había un espectáculo añadido para los días de lluvia: Los vehículos que se atascaban en el barro y los numerosos baches que existían en el barrio.
Cuando se construyeron las nuevas gradas de El Molinón, mi padre consiguió el pluriempleo de un servicio de puerta, con lo que yo tenía franco el acceso al recinto, cosa que entraba en el cálculo de los emolumentos del puesto dada la escasa retribución.
Para acceder a los diversos espectáculos, había que adquirir, además de la entrada correspondiente, el emblema. En los cines o teatros, el precio del emblema estaba incluído en el precio de la localidad, no así en el fútbol, que había que adquirir aparte. Había, incluso, taquillas especiales para la venta de emblemas.
El Emblema de Auxilio Social, era una tasa para sufragar los gastos de los comedores y otros servicios de este organismo. Estaba el emblema representado por un pequeño trozo de cartulina con un escudo o dibujo y que tenía una pestaña para poder colocarlo en el ojal de la solapa. Si no se llevaba a la vista, los inspectores lo requerían a la entrada. Costaba treinta céntimos.
Los días de partido, con la peseta que me daban para el cine, los veinte céntimos que me daba mi abuelo y alguna que otra propinilla que pudiera haber conseguido, me colocaba ante la taquilla e invertía todo mi caudal en emblemas. A continuación corría a pregonar mi mercancía "¡HAY EMBLEMAS!" en dura pugna con la competencia, buscando siempre los lugares con más aglomeración de público. Había que estar a la llegada de los autocares, que la gente salía corriendo. En las puertas de entrada, en donde siempre había algún despistado; éste era el cliente perfecto, le prohibían la entrada, sacaba una peseta, ¡incluso un duro! "Chaval, dame un emblema", me hacía el remolón buscando el cambio que nunca tenía, la gente apurando, "Dése prisa y, si no, apártese", yo más despacio todavía, "Dame el emblema y quédate con la vuelta", perfecto. Agotada la mercancía, vuelta a colocarse en la taquilla para reiniciar el trabajo. La reventa de los emblemas era una actividad reservada para la chiquillería. Los profesionales nunca se metieron con nosotros.
[1]Vista. Fotograma de una película. Procedían del manipulado de los rollos para la proyección, especialmente del cine Los Campos.