El "cine" de Los Campos Elíseos

El antiguo Teatro Obdulia, inaugurado en 1876, alzaba su monumentalidad en la calle Ramón y Cajal. Luego cambió de nombre por el que se conoció hasta que cerró en 1963. Posiblemente la zona se llamara ya de los Campos Elíseos en referencia a los parisinos con la  celebración en los locales del teatro de la Feria Regional de Muestras en 1899, o se llama los campos a toda la zona por el cine.

Las secciones del edificio que daban frente a la Calle Ramón y Cajal, más el ala derecha entrando, estaban ocupadas por las Escuelas Graduadas El Arenal, con seis grados de niños, seis de niñas y un grado mixto de párvulos. De estas escuelas trataré más tarde. La escalera central de la fachada y su entrada, seguía reservada por la empresa para entrada de material y artistas cuando había actuaciones escénicas.

El público accedía por el ala izquierda, por un patio con verja, en la esquina de la mencionada calle y la carretera de la costa. En el centro de un gran zaguán estaban colocadas las taquilla, una para general y otra para balconcillo y butacas. Posteriormente las taquillas se trasladaron a la parte derecha del zaguán.

Ante la taquilla de general, se formaba para el pase del domingo, a las tres de la tarde, una interminable cola en la que los niños nos apretujábamos como si no hubiera sitio para poder estar algo más separados. Si se daba la circunstancia de que mi padre nos acompañara hasta la entrada, cosa que hacía algunas veces, no teníamos que guardar cola. Se acercaba a la taquilla, depositaba el dinero a un lado y la taquillera reconocía su mano, e inmediatamente le daba las localidades. ¿Tráfico de influencias?

Tras conseguir la localidad, nos apelotonábamos ante la puerta de general, a la izquierda del zaguán. Una vez franqueada la entrada, tras entregar la localidad, girar a la derecha, luego a la izquierda (al frente había un mostrador de venta de chucherías) y a correr escaleras arriba. Se accedía, por la parte superior, a un anfiteatro enorme, de asientos corridos de madera, similares a un tendido de plaza de toros. Había que escoger una buena situación, para evitar que tocara columna. Imaginemos un teatro romano pero cubierto por una inmensa bóveda metálica. Esta bóveda, estaba sostenida por una serie de columnas, también metálicas, cuyo basamento estaba alrededor del patio de butacas, por lo que, quienes se instalaban en la segunda fila de balconcillo o en general, podían tener delante una de esas columnas que dificultaba la visión de la pantalla o escenario.

Por el frente del zaguán, se entraba a las localidades de balconcillo y butaca. Había un gran hall, a la derecha el bar y a la izquierda los accesos a las localidades (y a los aseos). Para estas localidades no hacía falta correr, puesto que estaban numeradas. El balconcillo consistía en dos filas de butacas, en un corredor que se extendía sobre los palcos de platea que estaban en torno al patio de butacas, tantos como espacio entre columnas había, excepto en el central reservado para la proyección. El patio de butacas, como todo en este cine-teatro, inmenso. El escenario... no digamos. Allí se podía montar Aída con desfile de camellos. Cuando se instaló la "pantalla super panorámica gigante" como rezaba la propaganda de la empresa, y que se inauguró con "Quo Vadis" (costaba seis pesetas general, en vez de la peseta habitual), se instaló de modo fijo, puesto que por sus dimensiones, forma y peso, sería muy difícil su retirada para ofrecer otros espectáculos. Pues bien, incluso con este telón de fondo se podía instalar una gran orquesta de ochenta profesores amplia y cómodamente situados.

Un entretenimiento habitual, en tanto comenzaba la proyección de la película, era buscar una palabra determinada entre los anuncios que proporcionaba el telón que cubría la pantalla.

Este local contaba con equipo de generación de electricidad, lo que en época de restricciones eléctricas le proporcionaba una autonomía que no tenían otros locales. También contaba con un equipo de proyección y sonido "el mejor del mundo".

Quién no acudió al Cine los Campos alguna vez, si ha residido en Gijón antes de su clausura, aunque sólo haya sido por residencia de verano?. El cine de estreno habitualmente constaba de ciclos de tres películas por tema (policíaco, oeste, rosa, etc.). Los días familiares, a peseta general, dos pesetas balconcillo y tres pesetas butaca.

Algo que nunca comprendí: ¿Por qué "Los tres mosqueteros" de capa y espada, no era tolerada para menores?

Cuando no había dinero para la entrada, lo más natural del mundo, pero se trataba de una película que había que ver, se tenía que conseguir de algún modo; el último recurso era pedirlo.

En una ocasión, la Escuela, nos invitó al cine, no recuerdo el motivo. Daban "El rey de la Policía Montada del Canadá". El problema fue que esta película era de dos jornadas. La primera jornada, a la que nos invitaron, finalizaba con el mocín[1] instalado en la bancada de una sierra circular a punto de ser cortado en dos. A la semana siguiente, era necesario ver la segunda parte.

Te acercabas a una persona, se elegía una pareja, sobre todo si iban muy abrazados, y dirigiéndose al hombre ponías cara de lástima y decías: "Por favor, ¿me da una perrona[2] que me falta para el cine?". No fallaba, la chica intercedía. Conseguida la primera perrona ya sólo faltaban nueve más para la peseta. Si no conseguías adquirir la entrada antes de que comenzara la película, te consolabas en el puesto de chucherías que se instalaba en la calle, con lo que habías recaudado. Puedo asegurar que únicamente lo practiqué en esta ocasión. Había otros compañeros de la escuela que eran verdaderos profesionales.

 

 

 

 


 

[1]Mocín. Protagonista, héroe de la película.

[2]Perrona. Moneda de diez céntimos de peseta. La moneda de cinco céntimos, se llamaba "perrina".